Pueden descansar (storytelling)
- José Luis Ortiz
- 23 ago 2025
- 6 Min. de lectura

El día que entendí cuál era el mejor regalo para mis padres no fue un día solemne. Fue un martes cualquiera, de esos que huelen a pan recién horneado y a tráfico; un martes en que mi madre me llamó solo para preguntar si ya había comido, y yo respondí que sí, que hice lentejas con verduras. Después colgué y me quedé mirando la olla vacía como si fuera una medalla. No por las lentejas: por lo que anunciaban. Por primera vez, no había urgencia en su voz. No escuché ese hilo invisible de ansiedad que siempre tensaba el final de nuestras llamadas.
No llegué ahí de golpe. Durante años, mis padres cargaron conmigo como si yo fuera una maleta que nunca terminaba de cerrar. Me amaban, por supuesto, pero el amor sin dirección se vuelve peso. Yo tenía veintitantos y seguía llamando a mi papá cada vez que algo fallaba: la tarjeta sin fondos, una cita que terminaba mal, el miedo a renunciar a un trabajo que odiaba. Él no decía nada, pasaba por mí, me llevaba café, me ofrecía un plan B. Mi madre, con su estilo de aguantar todo en silencio, me abrazaba mientras me repetía: “Esto va a pasar”. Y pasaba… hasta que volvía, porque lo que no cambia adentro regresa con disfraz.
Recuerdo el quiebre. Una noche, mi papá me dejó en la puerta de mi departamento. Habíamos pasado por el banco, habíamos hablado de números, de “esta vez sí”. Antes de bajar del coche, lo miré; tenía las manos en el volante, las venas marcadas, el gesto cansado. No era el cansancio del trabajo; era otro: el de no saber si su hijo iba a poder solo cuando él no estuviera. Esa imagen me mordió. Cerré la puerta y me prometí algo que no supe poner en palabras: iba a regalarles tranquilidad.
Empecé por lo que más vergüenza me daba: mis finanzas. Abrí un archivo con nombre ridículamente serio —“Presupuesto 1.0”— y anoté todo. Gastos, ingresos, deudas. Llamé al banco. Cancelé suscripciones. Armé un fondo de emergencia, primero con monedas sueltas, después con billetes que me dolía separar. Me impuse la disciplina de los que no quieren volver al mismo lugar.
Luego, la mente. Pedí cita con una terapeuta. Aprendí a responder a mi ansiedad con respiraciones en lugar de con llamadas de auxilio. Empecé a escribir por las mañanas. Hice una lista de las conversaciones difíciles que tenía que tener conmigo: por qué decía sí cuando quería decir no, por qué buscaba aprobación en cada paso, por qué seguía el mapa de otros.
El trabajo llegó después, no como milagro sino como consecuencia. Renuncié al empleo que me drenaba y tomé uno que pagaba menos pero me dejaba margen para aprender. Ajusté el estilo de vida —menos salidas por llenar vacíos, más paseos baratos que llenaran el alma—, y empecé a construir un portafolio, un nombre, un camino. Lento, pero mío.
Durante ese tiempo, no me alejé de mis padres; solo cambié la dirección del vínculo. Empecé a llamarles por gusto. Les pedía consejos como quien consulta un faro, no como quien entrega el timón. Les contaba mis avances sin adornos; también mis caídas, pero con una frase que se volvió costumbre: “Ya sé qué voy a hacer”. Al principio, mi mamá no confiaba del todo. Me ofrecía tuppers, dinero, “por si acaso”. Yo agradecía y, por dentro, repetía: “Quiero que aprendan a no preocuparse por mí”.
Los lunes por la noche instauramos un ritual: cenar juntos. A veces en su casa, a veces en la mía. Cuando venían al departamento, mi madre inspeccionaba con una mezcla de curiosidad y orgullo: el refri con verduras, la cama tendida, las cuentas al día pegadas con imanes. Mi papá miraba los libros en el librero y se detenía en los que olían a herramientas: “Gestión del tiempo”, “Hábitos”, “Finanzas personales”. Se reía: “Nos salió aplicado, al fin”.
Un domingo, mientras ayudaba a mi padre a cambiar una llave de paso, hablamos del miedo. Él dijo que el suyo siempre había sido que yo me quedara a medio camino. “No que fallaras —me aclaró—, porque fallar es parte. Sino que te cansaras de intentar”. Le respondí que yo también había tenido miedo, pero a otra cosa: a no poder sostenerme sin ellos. “Y no quiero que ese sea su destino”, añadí, apretando la llave con fuerza. Hubo un silencio que no pesó. En ese silencio, entendí que ese regalo —mi independencia— los liberaba de un servicio perpetuo que nunca les pedí, pero que siempre asumieron.
Los detalles cotidianos empezaron a contarlo mejor que cualquier discurso. Un día los invité a mi primer consultorio de verdad —una mesa modesta, dos sillas cómodas, una planta que se negaba a rendirse— y mi madre recargó la mano en el respaldo como si acariciara un diploma invisible. Mi papá bromeó con el cuadro de la pared: “Te faltan más libros viejos, para que huela a sabio”. Nos reímos. La risa, esa que se queda en la casa cuando la preocupación se va de paseo.
No todo fue ascenso. Hubo una semana de esas en que parece que el universo juega a los bolos con tus planes: un cliente se cayó, un dolor en la espalda me tiró en cama, una discusión tonta con alguien a quien quiero. Antes, hubiera hecho tres llamadas desesperadas. Esta vez envié un solo mensaje al chat familiar: “Ha sido una semana difícil, pero ya tengo plan A y plan B. Los quiero”. Mi mamá mandó un corazón. Mi papá, un pulgar arriba. Me emocionó la sobriedad: era confianza, no indiferencia.
En nuestros lunes, la conversación cambió de tono. Ellos hablaban de sus proyectos: mi madre tomando clases de cerámica, mi padre retomando el tenis. Yo escuchaba con una mezcla de alegría y humildad. Entendí que mi dependencia de años también había ocupado espacio en sus vidas, tiempo que ahora podía florecer en otras cosas. Los vi más ligeros, más suyos.
El día del “martes de lentejas”, cuando colgué el teléfono, caminé hasta el espejo de la sala y me vi distinto. No más alto, no más elegante, no más “exitoso” de catálogo. Me vi responsable. Es una belleza distinta, menos cinematográfica, más serena. Me senté a escribirles una carta. Decía, más o menos:
“Ma, Pa: les estoy devolviendo lo que me dieron, pero en otra forma. Ustedes me cuidaron para que yo pudiera cuidarme. Me enseñaron a levantarme, y ahora me levanto solo, con gusto, con paciencia. No los necesito para sostenerme, y por eso los elijo para compartir. Si algún día me ven caer, no corran; estaré practicando. Si algún día me ven volar, no se alejen; habrá lugar para ustedes. Pueden descansar.”
Nunca la envié. No hizo falta. Esa misma semana, mi mamá me llamó a media tarde. Su voz tenía un brillo nuevo.
—Hijo, tu papá y yo estamos pensando en hacer un viaje. Nada largo, un pueblito con aguas termales. ¿Tú cómo ves?
—Yo lo veo perfecto —respondí—. Les mando unas recomendaciones y, si quieren, los llevo al autobús.
—No, no —dijo entre risas—. Tú tienes tus cosas. Nosotros podemos.
“Nosotros podemos”. Me quedé con esas palabras como quien guarda una joya heredada. Porque ese era el círculo que deseaba: ellos pudieron por mí cuando yo no podía; ahora podían por ellos, sin mí. No porque faltara el amor, sino porque había madurado.
Alguna gente llama a esto “independencia”. Yo prefiero otro nombre: tranquilidad compartida. Ellos duermen mejor sabiendo que yo estoy bien; yo respiro mejor sabiendo que ellos no cargan conmigo. Y la vida, en ese acuerdo silencioso, se vuelve más amable.
A veces, cuando los veo caminar tomados del brazo, pienso en la maleta que por fin se cerró. No porque ya no haya viajes ni sorpresas, sino porque aprendimos a empacar lo justo: cada quien lo suyo, y un espacio en medio para lo que queramos compartir.
Ese, supe entonces, era el regalo. No cabía en una caja ni en una foto. Se notaba en los lunes sin nudos, en la risa sin agenda, en las llamadas que empiezan con “¿cómo estás?” y terminan con “estoy bien”. Y cada vez que me preguntan qué les di, respondo sin dudar: les di la certeza de que, cuando no estén, yo estaré bien. Y por eso, mientras están, pueden descansar.







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