Juan: El renacer después del retiro (storytelling)
- José Luis Ortiz
- 21 jul 2025
- 2 Min. de lectura

Juan tenía 60 años cuando firmó su jubilación. Después de más de tres décadas de trabajar como contador en una empresa mediana, llegó el día en que ya no tenía que levantarse temprano para ir a la oficina, ni revisar balances ni responder correos urgentes. Durante los primeros días, se sintió liberado. Dormía hasta tarde, veía televisión sin horarios y disfrutaba de comidas abundantes como si celebrara unas vacaciones permanentes.
Pero esa ilusión duró poco. A las pocas semanas, Juan comenzó a sentir un vacío difícil de describir. Sus días se repetían como una película sin trama. Se pasaba horas sentado, viendo noticieros, sin motivación para salir ni para socializar. Empezó a subir de peso, su energía disminuyó, y con ella, su ánimo. Se sentía innecesario, viejo antes de tiempo. “¿Esto es todo lo que queda?”, se preguntaba en silencio, mientras se sentaba solo en la cocina a tomar su café.
Un día, su hija lo invitó a acompañarla al gimnasio. “Ándale, papá, solo a ver”, le dijo con una sonrisa. A Juan le pareció una idea absurda, pero fue. Al entrar al lugar, le sorprendió ver a personas de todas las edades entrenando, riendo, esforzándose. Un instructor se le acercó y le dijo: “Nunca es tarde para empezar”. Aquella frase, aunque simple, se le quedó grabada.
Ese fue el punto de partida. Juan empezó con caminadora cinco minutos, luego diez. Al principio, los músculos se quejaban y su respiración se agitaba, pero algo en su interior comenzó a reactivarse. Poco a poco, le tomaba gusto al movimiento. Descubrió que podía cargar pesas ligeras, hacer estiramientos y hasta probar ejercicios nuevos. El cuerpo le respondía mejor de lo que imaginaba.
A la par, decidió mejorar su alimentación. Comenzó a leer sobre nutrición en adultos mayores, y cambió el pan dulce por fruta, el café con azúcar por té verde, las comidas pesadas por platos más ligeros y balanceados. También dejó el hábito de dormirse a medianoche viendo la televisión, y adoptó una rutina de sueño más saludable.
Pero lo más poderoso no fue el cambio físico —aunque bajó de peso, se sentía más ágil y redujo su presión arterial—, sino el cambio emocional. Juan recuperó su sentido de propósito. Se unió a un grupo de hombres mayores que hacían ejercicio juntos en el parque y compartían experiencias. Empezó a dar pequeñas charlas en una casa de cultura sobre finanzas personales para jubilados, y ayudó a jóvenes universitarios con asesorías contables.
Cada día tenía una razón para levantarse. Ya no por obligación, sino por entusiasmo. Se sintió útil, valorado, lleno de energía. Incluso retomó pasatiempos olvidados como la lectura, la jardinería y la escritura. Su rostro, antes apagado, ahora mostraba una sonrisa serena, de quien ha entendido que la vida no termina con la jubilación, sino que puede reinventarse con nuevos hábitos y nuevos sueños.
Hoy, Juan afirma con convicción que su retiro fue el comienzo de su segunda juventud. No necesita grandes lujos ni viajes exóticos para sentirse pleno. Le basta con su rutina de salud, su comunidad activa y la certeza de que cada día puede ser una nueva oportunidad de crecimiento.







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