El Sendero del Sauce y el Colibrí (fábula)
- José Luis Ortiz
- 22 jul 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 23 jul 2025
(Sobre la importancia de la orientación oportuna)
Había una vez, en un rincón tranquilo del bosque, un joven colibrí llamado Brilo. Era curioso y veloz, pero también muy inquieto. Pronto llegaría la estación del vuelo largo, cuando todas las aves jóvenes debían elegir su destino: el lugar donde construirían su vida, su nido y su historia.
Todos los demás parecían tenerlo claro. El halcón quería conquistar las alturas de los riscos. El búho deseaba sabiduría en las cuevas del norte. La garza planeaba habitar

los lagos brillantes del este. Brilo, sin embargo, no sabía qué rumbo tomar. Cada opción parecía prometedora… y también ajena.
—Solo elige uno y vuela —le dijo una urraca apresurada—. ¡El tiempo no espera a nadie!
Presionado por las prisas, Brilo decidió seguir a un grupo de tordos que volaban hacia el oeste, hacia los campos de girasoles. “Ahí hay néctar fácil”, le habían dicho. Pero al llegar, Brilo descubrió que esos campos no tenían flores pequeñas, sino grandes y densas, difíciles para su pequeño pico. No podía alimentarse bien, y el sol lo agotaba.

Cansado y confundido, se posó un día bajo la sombra de un viejo sauce llorón, de ramas largas y voz pausada.
—¿Por qué estás tan decaído, pequeño colibrí? —preguntó el árbol.
Brilo suspiró y dijo:
—Seguí un camino que no era para mí. Elegí sin saber, sin preguntar, y ahora… ya no sé a dónde ir.
El sauce movió sus ramas suavemente y dijo:
—Cuando era joven, broté en una zona pedregosa. Todos los árboles decían que el éxito estaba en crecer alto, recto y rápido, como los pinos. Intenté imitarles, pero mis raíces sufrían. Un día, un sabio escarabajo me dijo: “Tú naciste para curvarte, para dar sombra, para llorar lo que otros no se atreven.” Solo entonces encontré mi propósito.
Brilo lo miró sorprendido.
—¿Y cómo supiste que eso era lo correcto?
—Pregunté. Escuché. Me detuve a tiempo —respondió el sauce—. No por ir lento uno se pierde. A veces, correr sin dirección es más peligroso que detenerse a reflexionar.

Inspirado por las palabras del viejo árbol, Brilo decidió volver al bosque. Esta vez no para seguir a otros, sino para observar, preguntar y conocerse. Visitó flores distintas, habló con abejas, se escuchó a sí mismo. Y descubrió que su pasión era polinizar pequeñas flores en rincones ocultos, llevar vida a los lugares que otros no veían.
Con el tiempo, Brilo se volvió conocido como “el colibrí sembrador”, pues donde pasaba, la vida brotaba. Y cuando otros jóvenes se sentían perdidos, él los guiaba con paciencia y les decía:
—No temas preguntar. Detenerse a tiempo no es fracasar… es sabio. Porque el peor error no es volar lento, sino hacerlo hacia donde no está tu flor.
Moraleja
Quien elige su camino sin orientación, corre el riesgo de volar hacia donde no florecerá. Pero quien se da permiso de preguntar y conocerse, encuentra el rumbo que da sentido a su vuelo.







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